Nadie cualquiera


Era un día cualquiera,
de esos en los que deseo tanto verte
y por una vez,
estamos de acuerdo.

La luna no la iluminaba,
al contrario:
ella brillaba para la luna,
¡qué demonios!
Hacerla sonreír era un lujo
que te rembolsaba.

Y yo la miraba,
y yo la miraba...

Ella creía no tener ningún talento,
pero su talento no consistía en tener algo
sino en ser lo que era.

Su acento francés era sagrado,
tenía más convocatoria que una Marsellesa
en el centro de París.

Era un día cualquiera,
de esos en los que deseaba tanto besarla
y mis labios discutían sin llegar
a ningún consenso.

El propio Sol no podía recrear atardecer
que pudiera competir
con el tono anaranjado de su piel
color
-¿y sabor?
miel,
casi dorada.

Y yo la miraba,
y yo la miraba...

Venía del Norte
y tenía todo un Sur escondido en su melena
habiendo en ella el carácter que tendría la libertad
de ir ésta vestida.

Su sonar me rasgaba
colándose
por todos mis puntos cardinales.

Era el desliz sensual de todos los corajes
incluso del que ella me robaba,
un día cualquiera.

Entendedlo,
que
aunque sus pestañas eran diminutas,
casi
perfiladas,
sus ojos tenían tanta fuerza
como para levantar
a todas las miradas.

Y yo la miraba,
y yo la miraba...

No sé si me explico.

Era un día cualquiera,
ella no lo supo

pero yo la vi bailar flamenco
sin apenas haberse movido.






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